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La disolución de la identidad juvenil: la preparación para ingresar a la vida adulta

adulto

El climax del nivel madurativo intelectual, del crecimiento físico, del desarrollo afectivo, del equilibrio hormonal es alcanzado por los jóvenes entre los 18 y los 20 años, por supuesto, viabilizado o frenado por las condiciones del contexto que lo rodea. Las reflexiones de carácter humanístico y filosófico, cargadas de idealismo y trascendencia, son típicas de la etapa final de la juventud psíquica y fisiológica.

Al analizar la sexualidad a lo largo del desarrollo de la juventud hice referencia a las prácticas sexuales, más que a tendencias o a identidades, por la sencilla razón de que esas prácticas podían o no resultar parte constitutiva de su identidad sexual.

Cuando hablo de identidad sexual me refiero a la experiencia que guía el deseo, la atracción, la pasión y/o el amor de una persona hacia alguien del otro sexo o de su propio sexo, generando en esta experiencia una identidad genérica que le permita plasmar su identidad sexual. Me refiero a las identidades sexuales conocidas como heterosexuales, homosexuales o bisexuales que pueden o no presentarse en identidades transgenéricas como la travesti o la transformista.

Sea cual sea la identidad sexual, la decisión de hacer pareja o no va a marcar fuertemente las conductas sexuales de los jóvenes a esta edad.

Una conducta aún esperada es la castidad o abstinencia de relaciones coitales que en la última década ha sido retomada como un valor en un gran número de jóvenes a diferencia de décadas pasadas donde de alguna manera  se había convertido en un antivalor.

Otra conducta tolerada pero no abiertamente aprobada a esta edad en la mayor parte de las sociedades latinoamericanas es el encuentro coital  que suele estar mediado por una serie de tradiciones y costumbres tales como  sostener estas relaciones a partir de la disociación generada entre personas a las que hay que admirar, respetar y, por supuesto no tocar, y personas a las que hay que despreciar pero que sí se puede tocar; o el encuentro coital de las mujeres nunca revelado a otros para no caer en descrédito.

Hace unas dos décadas atrás, en la mayor parte de las sociedades urbanas, los 20 o 21 años se consideraban como la edad tope para que una persona se haya comprometido y se pueda casar par realizar una vida de familia, sobre todo si era mujer. En cambio hoy en día, con la liberación femenina, con la imposición de la adolescencia como una fase más, con el descubrimiento de métodos anticonceptivos para evitar embarazos no deseados y con el miedo al compromiso afectivo, la unión de la pareja como compromiso social se hace cada vez más lejana a esta edad.

Muchos de los jóvenes que se están haciendo adultos hoy en día se encuentran en universidades o en espacios laborales tratando de estructurar su proyecto de vida a través de una carrera o un oficio.

En estos espacios, incluso en los hogares, suelen encontrar  muy poca información, orientación o educación para la sexualidad y esto debido a que los adultos no suelen asimilar con facilidad la nueva madurez sexual de sus hijos, de sus estudiantes o de sus trabajadores, sobre todo cuando estos pasan a la acción. Cuando esto sucede la angustia de los adultos crece ostensiblemente, llegando a desarrollar sutiles mecanismos de control sobre el joven, liberándose de su angustia a base de admoniciones, sermones o prohibiciones ya insostenibles.

Toda intervención de los adultos en la sexualidad de los jóvenes de cualquier edad, pero en especial en ésta, debería partir de la clara idea que la sexualidad es nuestra forma de ser en el mundo, no se reduce a experiencias coitales pero tampoco es ajena a ellas, no es sierva de religión alguna, su ámbito es la consecución de placer, en una línea evolutiva, condicionada familiar, social y culturalmente.

La intervención adulta podría tener las siguientes características:

1) Permanecer dentro de una actitud respetuosa y tolerante hacia las peculiaridades del deseo sexual en las personas que incluye la valoración mutua entre padres, profesores y jóvenes y la reflexión crítica sobre la vivencia del placer.

2) Generar un sentimiento de seguridad y confianza en los jóvenes, haciendo caer sentimientos de culpabilidad, dudas y todo problema que pueda surgir.

3) Brindar una información completa que considere la precisión y detalle de todos los temas que afectan el desarrollo de la sexualidad: afectos, prácticas, identidades, fines, reproducción, anticoncepción, infección, agresión, parafilias.

4) Manifestar la asociación indisoluble entre lo sexual y los afectos, mostrando con la práctica y no sólo con palabras que sexualidad, humanidad, cognición, afectividad, espiritualidad, comportamientos y comunicación son dimensiones indisociables en el ser humano.

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