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La sexualidad del adulto maduro (41 a 60 años)

por Marynés Salazar Gutiérrez (Phd) – Psicóloga clínica/ Especialista en Sexualidad/ Terapeuta Familiar/ Master en Ciencias Políticas/ Doctora en Ciencias de la Educación

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El adulto maduro siente que la energía de años pasados comienza a decaer para dar paso a nuevas realidades que le hacen sentir su vida en cuenta regresiva. Algunos se alarman y luchan para evitar el paso de los años a través de ejercicios, dietas, cirugías y/o exacerbación de actividades que los haga sentir jóvenes, otros se deprimen y repliegan a espacios más privados, disminuyendo sus actividades en una especie de resignación frente al paso de los años,  mientras que otros asumen este paso y se aprestan para reevaluar su vida en función de los objetivos, los logros y las experiencias, y como resultado de ello a veces empieza a configurarse el cambio de la mediana edad. Esta etapa suele manifestar diferencias marcadas entre su primera y su segunda década.

 

Entre los 41 y los 50 años

 

A nivel físico aparecen las primeras arrugas, las primeras canas, las primeras grasas localizadas, así como las primeras bajas de energía erótico sexual. Varones y mujeres  comenzarán a sentir o más bien a percatarse de que su funcionamiento hormonal ha disminuido y junto con él su libido, esto debido a que sus gónadas responden menos eficaz y rápidamente a las hormonas segregadas por la hipófisis.

El varón, en las sociedades industrializadas, mecanizadas y androcentristas suele ser especialmente vulnerable ante la idea popularizada de que su potencia eréctil entrará  en decadencia y en algunos casos, suele tratar de probarla a través de diferentes acciones, tales como la infidelidad o la búsqueda de parejas más jóvenes, con el fin inconsciente de probar que el otro es responsable de la temida decadencia, sin percatarse que desde el momento en que pone en entredicho sus aptitudes eróticas, genera mayores dificultades para alcanzar o mantener una erección. Esta situación, no parece ser común en sociedades en las que la competitividad por la producción y la reproducción no es parte de la lógica cotidiana, sino que se vive en la lógica de la reciprocidad. Tampoco lo es a aquellas personas que han cultivado sus relaciones sexuales íntimas y han aprendido a regular su respuesta sexual en la búsqueda de la obtención del placer.

 

La mujer, por su parte,  en las sociedades industrializadas, mecanizadas y androcentristas suele minimizar la idea de que su libido vaya a disminuir porque  en la mayor parte de los casos se encuentra ejerciendo y probándose a sí misma que es los suficientemente capacitada para ejercer el fuerte rol materno que se le ha encomendado. Sin embargo, internamente suele encontrarse con conflictos parecidos al varón, que cuestionan su ser atractiva, deseada o fértil, al igual que en la época de su juventud.

 

Estos temores suelen llevarla a dos caminos diferentes: el primero, a volcar sus energías al campo social, laboral y/o  profesional, espacios en los que su producción ganará el reconocimiento externo y por lo tanto equilibrarán su autoestima; el segundo, a ensimismarse y replegarse de estos campos, para centrarse en alguna acción, persona u objeto en específico generándose procesos de subestima.

 

Entre los 51 y los 60 años

 

A nivel físico, en ambos sexos,  los cambios son evidentes, las arrugas, las canas, las grasas localizadas, y la disminución de la energía erótico sexual ya son bien conocidas y, en la mayor parte de los casos, bien aceptadas por ambos sexos. Junto a ello, la salida de los hijos del seno del hogar y/o la llegada de los nietos evidencia la necesidad de cambios en la vida de la persona y de la pareja.

 

El varón mantiene su capacidad fecundadora, aunque la producción de espermatozoides disminuye significativamente al igual que la testosterona produciendo la edad del climaterio masculino, caracterizado por depresión, irritabilidad y disminución de la libido, hecho que es tomado con mayor serenidad que en la década anterior.

 

La mujer  irremediablemente pierde su capacidad fecundadora, la producción de óvulos se detiene, experimenta el climaterio que culmina en la menopausia. En el caso de las mujeres que han centrado su sexualidad en su capacidad reproductora esta época suele ser especialmente dolorosa por producir en ellas un sentimiento de inutilidad en la vida, cosa que no sucede en las mujeres que aprendieron que en su sexualidad adulta  se manifiesta la capacidad creativa, recreativa y procreativa,  y que al eliminarse esta última las otras dos pueden ser sujeto de potenciamiento.

 

En el caso de varones y mujeres que a lo largo de su vida  hubieren cuidado su estado de salud general, evitando o controlando factores de riesgo de enfermedades vasculares y neurológicas, que hubieren mantenido una práctica sexual equilibrada, que hubieren explorado su respuesta sexual reconociendo prácticas enriquecedoras para sí mismo y/o para su pareja y  que asumieren las variantes fisiológicas naturales, las relaciones sexuales eróticas y coitales se constituirán en esta edad en espacios de encuentro íntimo y placentero, libre de las presiones de la reproducción.

 

El adulto maduro que es capaz de adaptarse a los increíbles cambios y transformaciones que suceden en su cuerpo, en su cognición, en sus afectos, en su espíritu, manifestará en sus comportamientos el disfrute pleno de la búsqueda de completitud.

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