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La sexualidad en la ancianidad

por Marynés Salazar Gutiérrez (Phd) – Psicóloga clínica/ Especialista en Sexualidad/ Terapeuta Familiar/ Master en Ciencias Políticas/ Doctora en Ciencias de la Educación

adulto

Abordar el tema de la sexualidad en la ancianidad se constituye en  un gran desafío debido a todas las limitaciones que mencionaron las personas que me antecedieron, es decir la limitación en las investigaciones sobre el tema,  los prejuicios sociales y el hecho de pensar al anciano como viejo, cerca de la muerte o carente de energía.

Por mi parte, la caracterizaré,  como aquella etapa de máxima experiencia y de acumulación de sabiduría propia a la acumulación de información y a la construcción del conocimiento, cuyas edades oscilan entre los 61 y los 100 años, enfatizando que  ésta es otra de las etapas  más largas de la vida de los seres humanos, pues se trata por lo menos de 40 años que deben tener una atención merecida. La vitalidad y la energía con que el anciano viva estos años de su existencia, dependerá mucho de los cuidados que él y su entorno hayan proporcionado durante las anteriores etapas y en la actual.

Para hablar de la sexualidad en la ancianidad  es preciso recordar que  aún nuestra comunidad percibe la sexualidad como sinónimo de coito o reducida a procesos biológicos, hecho que  marcará profundamente nuestra  percepción y vivencia de la misma. Los invito a despojarse de estos prejuicios a través del siguiente análisis:

A fines del siglo XIX y principio del siglo XX, en plena era victoriana, con una mirada profundamente patriarcal, un gran número de personas manifestaron que  la sexualidad  del varón y de la mujer seguían caminos irreconciliables. Se pensaba que  a partir de los 50 a 60 años la vida sexual de la mujer se acababa y la de los varones florecía. Esta aseveración se fundamentaba en el hecho de que  por mandato divino la mujer vivía debía asumir la menopausia como marca final de su goce sexual cuyo único fin era el de facilitar la reproducción  y que el varón debía seguir cumpliendo su función procreativa porque nada como eso le sucedía.

Hoy, a principios del siglo XXI, en plena era posmoderna,  a pesar de todos los avances científicos y tecnológicos que nos dejó la era moderna,  estas aseveraciones siguen sosteniéndose en las familias y transmitiéndose de cultura a cultura.

Los resultados  de este “lavado cerebral” se sienten en la comunidad, muchas mujeres resignan el placer que sus cuerpos podían sentir desde el mismo momento de la menopausia, considerando que cualquier sensación que apareciera en él  después de este evento es una  manifestación de anormalidad. Pero no sólo afectó a las mujeres, pues muchos varones todavía consideran una manifestación de anormalidad para sí mismos, el hecho de que su respuesta sexual cambie en intensidad con el transcurso del tiempo e ignoran insistentemente los procesos de andropenia que transcurren en su vida, generándose a sí mismos intensos cuadros de depresión o de ansiedad.

Para que esto no continúe es preciso recordar que como seres sexuados, nuestra sexualidad no se detiene ni concluye mientras estamos vivos y más aún que habiendo dejado muy atrás el tiempo pertinente al desarrollo físico, cognitivo, afectivo y comportamental de la niñez y la juventud, época en la que la abstinencia erótica coital es recomendable, la respuesta sexual adulta, el deseo, la atracción, la pasión y el amor,  mantendrán sus características esenciales hasta el momento de la muerte.

La relación con el placer, debe ser cultivada por las personas a lo largo de su vida, de manera que los excesos en su búsqueda durante la juventud y la adultez no cobren factura en la ancianidad.  Pues si bien es cierto que la fisiología del anciano irá cambiando significativamente a lo largo de los cuarenta años que la caracterizan, es preciso enfatizar que  comparado con otros cambios propios de la edad como el ajuste ocular, el ajuste auditivo o la capacidad vital, estos cambios son pequeños, la función sexual, vista desde el ángulo del acto sexual, no de la reproducción, se mantiene mucho mejor que otras funciones.

Por otra parte, hoy sabemos que el cambio de las diferentes capacidades no es unidireccional, ni universal, ni irreversible y que debemos llegar a conocer el sentido que cada edad puede tener, en lugar de imponer los valores de otras edades o etapas o, peor aún, dejarnos seducir por el mito de la eterna juventud.

 

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